"Alias Brad Dick..." de Los Años Perdidos del Transantiago

"Mientras tanto, en el móvil 4, el monitor informativo Cristián Ávila (algunos datos biográficos: José Cristián Ávila García, 29 años, residente en casa con jardín y perro de la comuna de San Miguel y en la que habita con sus padres y su hermano mayor -“Nicolás se llama ese bastardo y cada vez que lo veo me dan unas ganas de meterle la cabeza en el water hasta ahogarlo al chuche su madre”, les había contado un par de semanas atrás a sus colegas-, estudiante de cocina de tercer año cuya asistencia a clases se hayaba congelada por problemas monetarios y, según comentaba, sin pareja estable –pese a que no pocas veces se le había escuchado responder con frases del tipo “¿Y qué querís ahora?” a una chica que le llamaba varias veces por día-, además de comprador compulsivo de animación japonesa de corte pornográfico), aquel Cristián Ávila había hallado una nueva víctima femenina sobre la que experimentar con –así lo creía él- su labia seductora en grado sumo.
El campo operativo era concretamente el exterior del móvil, donde realizaba labores de apoyo a los monitores territoriales que atendían a los usuarios cuando éstos requerián algo más que información puntual sobre recorridos o paraderos; es decir, sugerencias y reclamos... y reclamos, y reclamos, y reclamos, y reclamos contra el Transantiago. Ávila estaba a sus anchas. La jefatura comunal del plan le había designado asumir funciones junto a una nueva monitora, Alexia Garrido, de 21 años. “Está bien potable esta mina”, se daba bríos para acechar a la (suculenta) presa que tenía ante sí.
Por su parte, los territoriales le dejaban hacer, pues creían que nunca está de más ver desde la primera fila del teatro como un joven inocente hace el soberano ridículo con el sexo opuesto.
No obstante, otra cosa pensaban en su fuero interno y no escatimaban ingenio para caracterizarle como el personaje que verdaderamente juzgaban que era: UN CALIENTE DE MIERDA. “El binocular de las colegialas”, “León O”, “El grupiento más rápido del Oeste”, “Pepito, el turroncito del Amor”, “Cara de calzón” “Don Clitoris”, “Coquitos de ternura”, “Linda Blair” (se le daba vuelta la cabeza cuando veía un buen trasero), y “Brad Dick” eran algunos de los sobrenombres con los que se referían a él.
Pero había más. Porque, claro, ya que el trato entre ellos era siempre “en la buena onda y con todo respeto” tampoco le contaban los otros apodos que pesaban sobre él. “Ron Jeremy” (estaba un tanto pasado en kilos, pero aseguraba que con su pene “dejo a todas las minas locas”), “Escaldasono”, “Calentoscopio Musical”, “Pico de brújula”, “”El Miguelo de las viudas”, “Tetaman”, “La manguera con epilepsia”, “C.S.I.” (Caliente Sin Inclemencia), “Macaquetton Boy”, “El Cachero Solitario”, “Mr. Trípode”, “Cris, el Soplete Humano”, “Vaginator”, “El caño de los jumpers” y “David Vergam”.
Querido y mimado por su madre, algunos meses atrás se había visto enfrentado a una discusión relativamente seria con su padre, quien harto de verlo vaguear, hablar por teléfono y encerrarse en su pieza (donde sus maratónicas sesiones de porno dejaban no pocos vestigios residuales) le había obligado a buscarse un trabajo. Si no, su negativa sólo le acarrearía un castigo: el fin de la mesada semanal. Y a partir de ahí, que se las arreglase como pudiese.
Eso, advirtió era únicamente tan malo como asistir a una cita a ciegas con diarrea.
Así es que una tarde de domingo llegó el término de su “búsqueda” de empleo. El hallazgo se produjo, exclusivamente, porque estaba en el momento correcto y en el lugar adecuado.
Eran cerca de las 15 horas. Cristián se retorcía de modo convulsivo en la cama. Le dolía todo, todo, TODO el cuerpo. La fiestecita de la noche anterior. De trhiller... El baño, el baño, el baño urgente. Toma el control remoto del equipo y a duras penas presiona el botón de play. Que suene un CD, cualquiera, el que sea, con el único fin de sofocar el ruido del

VOMITO

Que salió de su boca como una cascada y que sólo podía detener el que dejara de sentir en su boca la repugnante mezcla de saliva, deshidratación, bilis, ron, limón, hielo, cerveza, vino y pisco

QUE HABIA INGERIDO LA NOCHE ANTERIOR.

Volvió al cuarto. Casi implorando por la suave tersura de las sábanas, sus pies tropezaron con un ejemplar de El Mercurio que alguien –probablemente mamá- había dejado a un lado de sus jeans y polera. No era necesario ser Nostradamus para entender lo que vendría. “Bueno, si te gustó ir al cumpleañitos de tu amiguita, esta tarde te dedicas a ver los avisos económicos y buscas empleo”. La voz de su padre, cariñosa como siempre y enmarcada en aquella boca que estaba un poco más debajo de unos ojos de brillo asesino. “Fuck”, se dijo, tirándose de bruces sobre la cama.
Permaneció en una suerte de limbo por unos diez minutos. En cierto instante, sus ojos volvieron al diario. Una página del suplemento Artes y Letras se había deslizado del cuerpo con su tropiezo. Entonces, tres palabras llamaron su atención: “Monitores para Transantiago”. “¿Monitores del Transantiago? ¿Que chucha es esto? A ver...”. “Mejor no hablar de ciertas cosas” de Sumo no era la banda sonora ideal para ponerse a pensar y menos en trabajo. Tomó uno de los turros de CDs y barajó el material.
- Auténticos Decadentes. Mp3.
- The Jesus and Mary Chain. “Psychocandy”.
- Pánico. Mp3.
- Charly García. “Tango 4”.
- Pink Floyd. “Meedle”.
- Cheap Trick. “Dream Police”.
- Leonard Cohen. “Death of a Ladies´ Man”.
- Lou Reed. “New Sensations”.
- Rita Lee. “The Best”.
- David Bowie. “Scary Monsters”.
- The Cars. “Grandes Éxitos”.
- Tom Waits. “Big Time”.
- The Cramps. Mp3.
- The Cure. “Disintegration”.
- The New Yorks Dolls. “The Millenium Collection”.
- The Velvet Underground. “Live 1969. Volumen II”.
- The Strokes. “This is it”.
- Syd Barret. “The Madcap Laughs”.
- “Rock and Roll from the Movies”.
- The Doors. “Strange Days”.
- Sting. “Nothing like the sun”.
- The Beatles. “Abbey Road”.
Algo singular se iba atrincherando en su interior. Era como si estuviera apareciendo en una película. La pantalla no mostraba algo muy edificante. Ya veía a un grupito de jovencitas aburridas en el cine revolcándose en sus asientos. “¡kcha el iejo gagá! ¡Ta piteao! ¡Ta ma vinagre q mi apá! ¡Yoi a ise lo llevo a la koronaria movil! ¡Er tatita...!”. Finalmente, claro, la coronación: todas estallando al unisono y retorciéndose de risa, con aquellos chillidos característicos de las muchachitas de hoy: “¡jijijijijijijijijijijijijí! ¡jijí! ¡Jijijijí! ¡Jojojjó! ¡Joooooooooooooooooooooooooooooooooooooó! ¡jijijiji-jijijí! ¡jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaá! ¡Jejejejé!!!!”. Las hubiese estrangulado a todas... Fue ahí cuando se imaginó en la pantalla grande con los ojos desgastados por el fiesteo permanente, los pulmones hechos pedazos por el cigarrillo, hediondo a vómito y genitales rancios, con el pelo revuelto y la barba incipiente, mientras por sus manos pasaban los discos: Románticos italianos. Mp3; Toto. Mp3; The Pretenders. “Greatest Hits”; Air Suplay. “The Best”; Neil Diamond. Mp3... “¡En qué viejo de mierda me estoy convirtiendo! ¡Y sólo tengo 29 años!”.
No se trataba, por otra parte, de grabaciones especialmentes tranquilizadoras para enfrentar los demonios de la resaca. Buscó algo en la radio y encontró a Daryll and Oates en Infinita... ¡No había caso!
Volvió al diario. Lo extendió sobre la cama y se quedó observando el aviso (al igual como aquella tarde lo hicieron decenas y decenas de jóvenes y adultos, hombres y mujeres de las más diversas comunas metropolitanas, gran parte de los cuales pasarían a desempeñarse como monitores de Transantiago Educa).

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Consultora requiere personal para ejecución de plan elaborado por el Ministerio de Movilización en la Región Metropolitana, buscando a los mejores Monitores para Transantiago.

Los cargos llamados a concurso son:
- Monitores Territoriales.
- Monitores Informativos.

Las vacantes corresponden a un perfil de postulantes con o sin estudios profesionales.
Las labores se llevarán a cabo en terreno a partir del 1 de septiembre de 2008.

Interesados enviar curriculum vitae al correo monitores@postulacionestsi.cl hasta el 10 de julio.
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Dos antecedentes le llamaron la atención. Al parecer, HABÍA TRABAJO pues no se indicaba en ninguna parte un tope numérico de eventuales seleccionados. Lo otro: ni siquiera se exigía un estándar profesional o conocimientos computacionales o de inglés avanzados. Tal vez, aquella era la suya.
De quedar seleccionado, podría obtener algunos beneficios. El primero, acabar con el hostigamiento paterno por su permanente ociosidad, la que ya llevaba meses y, en verdad, le estaba fastidiando. Igualmente, estaba el tema monetario: si su padre le quitaba la mesada se iría a buena parte y no tendría ni siquiera para mantenerse económicamente en plano digno. Lo último, una palabra –una dulce, dulce palabra- resonaba como un eco en su corazón afiebrado: monitoras, monitoras, monitoras, monitoras...
Envío el correo con su currículum y sin mayor trámite obtuvo el empleo.
Varios meses después, ahí estaba: trabajando como monitor informativo de Transantiago Educa. La pega no le satisfacía del todo, pero había dado cuenta de sus complicaciones hogareñas... y le tenía aquel martes cerca, muy cerca de Alexia Garrido, nueva monitora informativa, de 21 años... y bastante “potable”.
Eran pasadas las 14:30 de la tarde del 24 de enero y se encontraban en San Pablo con Teniente Cruz, comuna de Pudahuel. Cual si hubiese sido un día playero, las familias dormían la siesta tras el almuerzo y los transeuntes brillaban por su ausencia. De vez en cuando, uno que otro lugareño pasaba frente al móvil, pero como tenía la cabeza en otros asuntos seguía su camino. En el móvil, obviamente, ello se agradecía: los monitores también tenían sus propias preocupaciones. ¿La principal? Procurar no desvanecerse por el calor en aquel vehículo forrado con felpa en su interior y que se recalentaba segundo a segundo, sin más ventilación que la que entraba por el portón abierto, ya que durante carecián de un ventilador portátil para paliar las elevadas temperaturas que se cernían sobre la región metropolitana en aquellos días.
Uno de los monitores, sin embargo, estaba en su salsa, como se dijo. José Cristián Ávila García, encarnación humana de una libinosa serpiente que extrae del ardor del sol su energía vital intrínseca. Poco a poco, lo más maligno de su esencia se había estado cuajando detrás de sus lentes oscuros, los que usaba haciendo caso omiso del protocolo de su función, el que exigía mirar a los ojos a cada usuario. Sus verdaderas intenciones –buscar por todos los medios a su alcance concretar encuentros sexuales con cualquier fémina del planeta Tierra que fuera de su agrado- sólo se traslucían en aquellos momentos al escapársele una sonrisa furtiva al fijarse en Alexia.
A las 14:38 decidió atacar:

“ASÍ ES QUE ASÍ SON LAS COSAS no más, pos Alexia. Oye, y dime, eh ¿tú estás pololeando? ¿No...? Bueno, aunque de todas maneras aquello no tiene importancia ¿no? ¡Jejejé! Oye ¿y te gusta este trabajo? No... ¡Mmmmm! ¡AY, PERO QUE TONTO SOY! ¡Cómo se me ocurre hablar de trabajo en el trabajo! Hay que ser muy tonto para eso ¿no? Es que, sabes, a veces yo soy medio tonto. De hecho, a veces creo que me falla... No, pero en serio, sabes que yo soy un re buen cabro. Esforzado, trabajador y quiero a mi familia más que la cresta. Mira, hablando bien serio, si yo estoy en este trabajo es porque quiero ayudar a mi familia, que es toda gente también esforzada y trabajadora como yo y que vive en el sur. Ellos viven en Parral ¿sabes? ¿Conoces Parral? Es una maravilla de pueblo, independientemente o no si por allá estaba Colonia Dignidad. Eso nos da lo mismo, a nosotros los parrianos... En fin, como te decía, yo la mitad de mi sueldo se lo envió a mamá y aparte de eso les mando dinero para pagar la cuenta del teléfono y de la luz. Apenas si me dejo algo para mí. Pero ¿para que te voy a contar cosas tristes, no? Porque tú tienes cara de ser una lola bien alegre ¿no? Incluso puedo decirte algo más: la primera vez que te vi fue justamente eso lo que llamó la atención. Que siempre andabas sonriendo o riendo incluso. Y eso hoy en día es muy difícil. ¡No y hablo en serio! Claro, porque las niñas de tu edad ahora se andan embarazando a los 15, 16, 17 años, inclusive, y hasta ahí no más les llega la vida y después andan por el resto de los días amargadas y odiando a los hombres. ¡Y NO ES CHISTE! ¡Oh, perdón! ¡Disculpa! ¡No quería decir eso! Aunque -¡que tanto!- si así no más es... Dime, Alexia ¿tengo o no tengo razón, ah? Pero, como te decía, a mi lo que me gusta –perdón, no sé sui sea bueno hablar así-, lo que me interesó de ti fue tu sonrisa. ¿Sabes que tienes una sonrisita muy linda, Alexia? Sí, por supuesto que debes saberlo. Seguramente, andan una serie de jotes diciendote cosas bonitas ¿no? Y todo con el fin de seducirte. Aunque, por supuesto, mirándote, mirando tu hermosura, me imagino que ya sabes reconocer a un hombre cuando es verdadero y cuando no lo es. Bueno, yo no soy como esa clase de tipos. YO SOY DE VERDAD. Tú puedes verme aquí, simplecito, tranquilo, relajado, de bajo perfil. Un buen tipo, al fin y al cabo. La verdad es que a mi me gusta que a todo el mundo le vaya bien. O sea, en lo posible, que le vaya la raja. Para qué te voy a estar con cosas raras o con mentiras si yo quiero justamente lo contrario: que no vayamos conociendo poco a poco y que tú y yo...”
Un mujer se le acercó para preguntarle si tenía algún mapa de Renca.
Ávila no pudo disimular su fastidio. Aquella tal por cual le había interrumpido y eso no tenía perdón de Dios. ¡Vieja y la conchesumadre! No merecía ni siquiera respuesta. Era llegar y decirle “No, sabe señora, no nos quieda ningún mapa, ni uno sólo, se nos acabaron todos...”. Ella, por su lado, podía quejarse ante el Ministerio de Transportes si no le gustaban las cosas. ¡Qué se fuera a la mierda! Si se iba a entrevistar con el ministro para reclamar –no existía otra palabra para referirse al Transantiago- por el trato recibido, que se la jodieran y bien jodida. Si se caía en la esquina y se fracturaba el cuello y quedaba paralítica para toda la vida, eso le importaba tanto como los muertos en las guerras mundiales. Si su hija le salía casquibana y acaba de prostituta, igual pascual. Que se la cagara el hijo de perra de su marido, que el niño tuviera deficiencia mental o que la nana le robara, ello le era indiferente. ¡Por la misma mierda: siempre debía haber alguien que le saboteara sus propósitos! ¿Hasta el fin la vida era así? ¡Qué desgarcia! Ella y toda su descendencia podía joderse y bien jodida.
- Chicos ¿tienen algún mapa de Renca?
Los monitores territoriales del movil le observaron y se dieron cuenta de que su expresión no era otra sino que “deshaganse luego de esta vieja de mierda”.
Igual, lo pensaron dos veces. No por nada, en el exterior del móvil se lucía en un gigántesco pendón el lema de Transantiago Educa: “Estamos aquí para ayudarle”.
Le pasaron un mapa de la zona... y san se acabó. ¡Qué venga el siguiente!
Ávila se hace el desentendido, le entrega el documento a la usuaria y vuelve a a carga.

“¿Porqué tenemos que atender a esta gente? ¿Hemos hecho algo tan, pero tan malo para merecer esto? ¿Qué castigo divino –Dios salía muy frecuentemente en su discurso- estamos purgando para que nos hayan condenado a esto? No se tú, pero yo creo que alguien nos está fregando y heavy. ¿Será que somos tan poca cosa y que merecemos esto...? ¡Oh, disculpa de nuevo! No sé porque estoy diciendo esto. Debes estar muy aburrida conmigo ¿no? Pucha, guachita, de veras que no es mi intención. Ahora sí que las arreglo. Te voy a contar una historia, una historia muy divertida de porqué a mi me dicen “El Eléctrico...” y esta sí que es una buena historia. Una historia muy simpática, además, porque me imagino que ya te habrás dado cuenta de que yo souy un lolo muy simpático ¿no? Es que –déjame ser modesto- to soy un gallo re simpático, en serio. De hecho ¿sabes cómo me decían en el colegio...? “El Simpático...” En serio...
Los monitores territoriales se agarraron la cabeza en el interior del móvil. Sabían como se venía aquel cuento relativo a su “electronicidad...”.

“En seeeeeeeeeeeeeeeeeerio: en el colegio me decían El Simpático. Bueno, la historia es como sigue. Estaba yo en aquel viejo departamento que arriendo, porque como te dije mis padres viven en el sur y apenas les veo. ¡Los echo tanto de menos a los viejos! ¡A veces me siento morir porque no los tengo a mi lado! Es que uno a veces se siente sólo, nena, de verdad que muchas veces me he sentido tan, pero tan re sólo... Estaba tan sólo, tan re sólo cariño que no sabía como hacer algo para combatir aquella soledad, la que me calaba los huesos como si hubiese sido el frío en la Antártida. Sólo tenía la TV. Y el teléfono celular, claro, pero eran como las 12:45 y ¿a quién iba a llamar a esa hora? Yo estaba ahí, tu amigo estaba ahí, muriéndose, desfalleciendo de pena y de soledad. ¿Qué podía hacer? La verdad es que mi deseo más íntimo era caer fulminado en aquel departamento, en aquella pocilga sucia, inhóspita, fría y sin amor. ¡Pero no! Yo tenía que ser más fuerte que la desgracia, mi misión en este mundo era darle un buen par de bofetones a la adversidad. ¡No podía más ni conmigo mismo ni con el mundo! Así es que me fui a comprar una chela. La botillería abría hasta las 1, así es que me apuré. Y voy y salgo del depto. Silencioso, sombrío, subrepticio, oculto entre las sombras, cual delincuente juvenil, resguardado por las turbulentas sombras de la noche. Yo sólo quería una chela. ¿Es un pecado querer una chela hoy en día? Parece que sí. Si tú compras una chela, todo el mundo te mira como un desclasado, casi como si tuvieras lepra. En fin, parece que lo que la está llevando en este país es emborracharse hasta el hartazgo, pero que nadie se dé cuenta. Si te compras un vodka, eres fino; una chela, un roto de mierda. Esas son unas de las paradojas de este país. Bueno ¡qué se jodan a este país! Oh... ¡disculpa, nena! ¡No sé porqué estoy hablando esto! ¡a veces me da la impresión de que estoy hablando sólo! Bueno ¿en qué iba...? Ah, sí, en que me iba a comprar la chela. A eso fui. Y cuando iba saliendo y aprieto el botón del ascensor... ¡qué no siento que me da la corriente más fuerte de mi vida y que me recorre el brazo derecho y que se va por todo mi pecho, y que atraviesa mi brazo izquierdo, y que siento que la corriente me está matando, y que me estoy electrocutando, y que todo mi ser se ve convulsionado por olas y olas de corriente! Obviamente, la botella voló por los aires y cayó sobre el suelo del pasillo y se desintegró. Las vecinas, cahuineras como ellas solas, salieron a sus puertas. Ahí me vi rodeado. Todas aquellas viejas de mierda mirándome. Yo, obvio, cruxificado, como el tatita Dios... Ellas no decían palabra, sólo me miraban, a mí, libre de todo pecado. No tenían ni que decirme lo que debía hacer. Además que aquellas bocas de arpía no podían pronunciar nada humano, salvo escupos y babosidades y voces reptilescas que no podían sino que remitir a injurias. Las miré con todo el asco que me fue posible acumular y fui a buscar la escoba y la pala. Barrería todos aquellos vidrios para que ellas volvieran tranquilas a sus departamentos y siguieran lamentándose de lo frustradas que eran sexualmente. A mí me daba lo mismo. Lo que yo iba a hacer –sorry, nena, si te llegara a estar aburriendo no hay nada más que puedas hacer sino que decirmelo-, lo que yo haría era barrer toda esa mierda y después de eso buscar otro envase y comprarme mi chela. Es que ni cagando iba a dejar que me ganaran estas veteranas, que pa lo único que sirven es pa calentar a gueas como el Pedro Carcuro o el Sapito Livingstone (no, que digo, el Sapito Livingstone es un Maestro: me lavo el hocico con jabón). En fin, aquellas babosas de mierda no se iban a interponer entre yo y mi deseo, a esa hora una puta chela. Barrí. Limpié. Tiré desodorante y le pedí a Dios que consagrara aquel lugar por santo. Lo que yo quería es que a esas viejas se les infectara el consolador y les diera una urticaria en la vagina... Disculpa, nena, si estoy hablando en estos términos, pero es que estaba realmente enojado aquella vez. ¡Te pido disculpas una y otra vez! ¡Amor, cariño, diosa: disculpa de verdad! ¡No sé lo que estoy diciendo! Pero dime si la historia no te parece buena. Después de eso, me topé tres veces más con aquel ascensor que te da la corriente y el que me dio los poderes. Porque, ahora, YO SOY ELËCTRICO, nena, tu sabes...”.
Buen chico este “Brad Dick”.
Tres meses después de su ingreso como monitor informativo de Transantiago Educa fue despedido por sus reiterados atrasos e inasistencias.
Aquel día, sus colegas le veían silencioso, misterioso, muy callado para como le conocían. Cuando les contó lo sucedido, dijo –sin que nadie le preguntara- su reflexión al respecto:
- ¡Me importan un pico todos estos culiaos!
Esa fue su despedida."

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