"ARREGLANDO LA BUJÍA"

       "Pedro movía las herramientas de la mejor manera que podía, pero aquella desgraciada bujía le estaba ganando. Nunca había entendido muy bien porque debía hacer esos arreglos en horas extralaborales y, sobretodo, los fines de semana. Aunque, en todo caso, no podía sino que obedecer las órdenes que recibía de su jefe. “Tú, huevón, me tenís la puta bujía funcionando el lunes en la mañana. ¿Entendido? Si no, estos mariconcitos de los monitores que se creen la gran gueá van a avisar a su empresa de que no les entregamos el móvil funcionando y se van a poner a mariconear y a lamentarse como las putas gallinitas que son y a mí y a ti y a todos nosotros nos van a meter una penca que vay a tener que ir adonde el puto Don Chimi pa que te vendan un galón industrial de vaselina para prepararte al embate pichulístico que te tocará recibir y te voy a decir algo más: si no me tenís esa bujía al 100% el lunes por la mañana y aunque tengai al Chico Alberto rogando por clemencia te las vas a ver conmigo. ¿Entendido? Lo podís hacer o no, huevón?”
Claro que lo podía hacer.
“Claro que lo puedo hacer”. Las posibilidades a su disposición no le exigían ser un Einstein en materia laboral: si no tenía en plena operatividad la bujía para el lunes, PLR de una.
Pedro estaba más que harto. Llevaba cerca de dos horas y aún no podía solucionar el problema. “¿Y toda esta mierda hay que hacer por un sueldo de 250 lucas?”. A su lado, Roberto Gutiérrez, amigo de infancia, sonreía socarronamente. Era sábado por la tarde y tarde o temprano las cosas mejorarían y saldrían de parranda:
“¡Pásame la chela gueón, oh!- Gutiérrez recibe la botella de Escudo que le pasa con desanimo su camarada de juergas. ¿Y porqué no dejas esta mierda hasta mañana y nos vamos a bailar con las cabras?”.
Las cabras eran Amanda, Yazmileth y Regina, las que sólo esperaban su llamado telefónico para salir y reunirse con ellos.
“Deja tranquila esa bujía. Capaz que sólo esté taimada... Domingo por la mañana, su chelita reponedotra y todo como mantequilla. En diez minutos la tienes a punto y en el entretiempo yo me voy al lavadero y me afilo a tu hermana. ¿Te tinca? ¿Porqué te obsesionas con esto?”
“Es que tú no conoces al par de tipos con los que estoy trabajando. Carlitos y Ariel, los monitores del Transantiago con los que me las tengo que ver en el móvil. El par de inadaptados y enfermos mentales más grande que he visto nunca”.
Gutierrez hizo correr la cerveza y escuchó.
“Los dos están orates, trastornados. ¡Son de temer! Te juro, hermano, nunca, nunca he visto a un par de tipos tan locos. Actuan como psicóticos y me imagino que deben estarlo. Te juro que a veces he pensado que me van a pegar o incluso que alguno de ellos va a sacar un cuchillo y me va a faenar ahí mismo. No hay manera de entenderlos. ¡Actúan por sus propias reglas! ¡No le hacen caso a nadie! Es como si el mundo no existiera y lo único que tuvieran dentro es la espesa mierda que ronda por sus cabezas. Muchas veces me he preguntado si es que no llegan a matarme si será posible que no se piteén el uno al otro. Pero igual, trabajan. Y a firme. Son unos energúmenos del trabajo. Eso hay que reconocérselos”.
Vuelve a cambiar de manos la cerveza.
“A veces me da la impresión de que van a ahorcarse y siempre por puras minucias. ´Oye ¿te costaría mucho poner tu asquerosa música más despacio? Pero si a usted también le gusta poner sus tonteritas musicales y nadie le dice nada´, ´Mijo ¿podría rajarse con un cigarrito? Guena, guena, pedazo de caca ¿es que no te day cuenta que estoy en la ruina?´ ´¿Te costaría mucho ser más gentil con la gente? ¿Es posible eso, dime? ¿Y de que te preocupai si todos son una manga de imbéciles...!´, ese es el tipo de diálogos que van teniendo durante la jornada. De mañana, al saludarnos todo sobre ruedas. Su puchito, el cigarrito mañanero y todo suavecito como guatita de mamita. Pero y que no van pasando las horas y como que me voy recagando de miedo. A medida que transcurre el día, más y más horror me da.. Es como que cada uno se quisiera matar mutuamente, pero no lo hacen por un extraño pacto que no acabo de comprender. A veces, creo que hacen ritos satánicos por Messenger o ese tipo de cosas. De todas formas, siempre están ahí, acechándose el uno al otro. Aunque igual, como te dije, nunca he visto a un par de tipos que pudieran arreglarselas de manera tan buena ante los problemas laborales, y estos sí que los tienen ya que no por nada trabajan para el Transantiago. Es como que se miraran pensando: “o es el mundo o nosotros”. Como, obviamente, el mundo y la gente les interesa menos que un candy... siempre salen indemnes de las líneas del enemigo”.
Gutiérrez se estaba impacientando.
“Perrito, ¿puedes terminar luego tu brillante discurso pa que nos vayamos a bailar?”.
“Claro, para ti es fácil decirlo... Tú no tienes que vértelas con ese par de psicóticos. Son una clase muy particular de personas, déjame que te lo repita. En un momento, riéndose contigo, a carcajadas, una risa amplia, de corazón, de compadre, de esa que tú piensas: “estos cabros me quieren y aquí funcionamos como equipo”. ¡Mentira! ¡Pico en el ojo! Porque ¡ay si se les llega a caer Internet...! Como yo soy el responsable del móvil y los equipos, no me dicen nada, al principio. Se quedan así, contemplando fijamente la pantalla con la misma expresividad de un primate ante un copo de nieve... Y, de pronto, el que se le ha caído el sistema me mira de reojo y dice, casi con asco, de la misma manera que un verdugo se dirigiría a un condenado a muerte: “¡Se cayó esta guevá!” Ahí, me comienza a entrar el susto. ¡PORQUE INTERNET ES IMPORTANTE PARA ELLOS! Carlitos, todo elo santo día buscando pega en las bolsas de trabajo y no sé en cuanta parte más. Enrabiado cuando ve que no hay ofertas y con más rabia aún al ver lo malas de las que encuentra. Refunfuñando de su vida y de que tiene que hacerse de otra pega porque debe pagar el arriendo, y que tiene el celular cortado, y que no puede ni comprarse una chela decente o un pollo frito, y de que no hay mina que lo pesque porque no tiene plata... ¡De repente igual me dan ganas de pegarle un combo en el hocico por ahueonao...! ¡Es que las taradeces que dice el tonto culiao grande ese...! Y el otro guea, todo el tiempo con Parkinson en las manos de tanto mover el mousse pa buscar minas en pelota. ¡Oye, el gueón caliente la cago! “Sécame el mousse antes de irte pos, Arielito, que me lo dejaste remojando en chuño”, le digo, a veces, antes de irnos pa la casa. A diario, calculo, le echará una revisada a unas cuatro mil fotos de minas... Con eso te digo todo. Imagínate no más la cara de baboso que tiene a las 5 de la tarde... ¡Esos son los genios con los que trabajo! O sea, por eso te comentaba que trabajar con ellos no es chiste. Porque una cosa es la bujía y yo creo que con eso me las arregllo, pero, ponte tú que el lunes se echara a perder el generador que da corriente para mantener encendidos los notebooks en donde ven sus maravillas por Internet... Yo te digo, mi brother, sé lo que va a pasar. Se van mirar entre los dos, así, como si nada. Harán sus cosas en los notebooks y esperarán a la batería se vaya descargando y que la energía se acabe del todo y las pantallas se apaguen de improviso. Luego, se quedarán contemplando hacia el vacío unos 10 minutos. Entonces, cruzarán sus miradas. ¡Si tú vieras esas miradas! ¡Si pudieras saber aunque sea por un segundo lo que es eso! ¡Aquellos hijos de puta están poseídos por el diablo! De un momento a otro, uno de ellos me indicará con una boca horrendamente retorcida. Da lo mismo cual de los dos sea, porque cuando se les sale lo criminal no tienen sentido hacer la más mínima distinción. A partir de ese punto, puedo considerarme muerto. Uno de los dos se va a parar y va a decir “bueno, hay ciertas cosas que ya no pueden seguir tal como están”. ¡Ya siento las manos de Ariel en mi cuello y que me ahorca! El otro, en tanto, seguirá mascando chicle y enfureciéndose por lo amargo de su vida, y que no tiene con que pagar el arriendo, y que tiene el celular cortado y que las minas no lo pescan, y todo eso... No me cuesta mucho imaginar como seré encontrado. Dejarán mi cuerpo recostado en los asientos delanteros del móvil y le dirán a la fiscalizadora del Ministerio de Movilización que estoy durmiendo, incluso capaz que me inventen una farra del día anterior. A las 6 de la tarde, uno de ellos -probablemente Ariel, porque Carlitos se queja que como no tiene plata, tampoco tiene auto y no sabe manejar- pondrá la llave del móvil y manejará en silencio con los ojos puestos en la calle y como avanza y avanza el furgón. El otro, por supuesto, callado, cómplice del crimen. Llegarán al río más cercano, aunque también puede ser el Mapocho para que se pierda todo rastro de mi existencia. Ahí, me tomarán entre ambos y me arrojarán sin miramientos a las aguas. ¡Ya me veo siendo arrastrado entre la mierda y la basura! Después, pondrán la Radio Futuro y se irán fumando en silencio, mientras escuchan a Black Sabath, AC/DC o los Rolling Stones. A la hora de despedirse, se dirán que al día siguiente deberán “avisar que el conductor, sencillamente, no se presentó a trabajar” y se estrecharán la mano como dos refinados caballeros ingleses. Creo que tengo suficientes razones para preocuparme ¿o no te parece...?
Roberto acaricia a “Ian”, el doberman de Pedro, bautizado así por el vocalista de Deep Purple. Se levanta, enciende un cigarrillo y bebe un sorbo de cerveza. Las palabras de su amigo le han calado hondo y comienza a entender la dedicación con que trabaja para arreglar esa bujía. Por eso, trata de ser lo más solidario y condescendiente que puede al decir:
“Ya, perrito, termina luego esa guevá. ¿VALE?”.

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