Fragmento del libro en redacción "Los Años Perdidos del Transantiago (una novela para el Bicentenari

Conclusión del capítulo XXXXVIII: "Encuentro con el Ministro de Transportes"

"Tortázar esbozó su mejor sonrisa. El ánimo desenfadado de los periodistas le reconfortó e hizo olvidar -momentáneamente- el desafortunado incidente sucedido en Rancagua.
- Discúlpenme, damas y caballeros. De verdad me surgió una labor puntual y de último minuto que motivó este retraso. Cuando quieran entramos en materia.
- Si puede ser al tiro, bueno sería, ministro. Me acaban de llamar al canal y tengo que estar en la sede de la UDI a las 11:30. Van a dar una conferencia en respuesta a los dichos del vocero respecto a que en la oposición aún quedaban “algunos dinosaurios con resabios dictatoriales”. Eso va a estar bueno- usando toda su coquetería, Margaret Alonso, reportera del diario El Nacional instaba así al ministro a ponerse en movimiento.
- ¿Empecemos entonces? – consultó a los periodistas.
- Démosle no más- dijo Enrique Smith de Canal 23-. Flaco, atento, tú sabis- instruyó luego a su camarógrafo.
- Bueno, estamos aquí para inaugurar formalmente el corredor Avenida Matta para buses del Transantiago, el que permitirá descongestionar de manera significativa...
Furtivamente, Carlos miraba la escena, entreabriendo la puerta trasera del móvil y asomando parte de su cabeza “Así que este es el ministro. No tiene pinta de desagradable. Pensar que para todo el mundo es la cabeza visible de este desastre del Transantiago. Tal vez como sean sus noches. ¿Dormirá? Mmm, tal vez pudiese ser interesante conversar con él o, más bien, poder tenerlo frente a frente para decirle un par de cosas...”, reflexionó, al contemplarlo casi como si fuera Jesucristo dirigiéndose a los doce apóstoles.

Volvió a su puesto de trabajo. Siguió dándole vueltas a la idea del diálogo con Tortázar. Incluso, meditó la posibilidad de tomar la vía más corta para intentar concretarlo: bajarse del vehículo, atravesar la calle, esperar a que concluyera la conferencia y acercársele directamente. Le pediría un minuto de su tiempo. Se identificaría por su nombre y le informaría que formaba parte del personal de Transantiago Educa. Su intención, le explicaría, era solicitarle la posibilidad de sostener una entrevista privada pues creía contar con antecedentes muy relevantes sobre lo mal que funcionaba el sistema y la indignación ciudadana que está situación generaba. Estaba seguro que todo lo que podía comunicarle le sería de sumo interés y valor estratégico. sólo tenía que indicarle el día y la hora y él se las arreglaría para conseguir permiso... Era una idea, claro, aunque tampoco tan descabellada. Había sólo un pero: sí le iba mal, probablemente el ministro informaría a sus superiores y sería despedido en un santiamén. Descartó el plan.

Los minutos transcurrían tensamente. Siempre existía la posibilidad de que el ministro y su comitiva quisieran dar un golpe de timón al encuentro con la prensa y se dirigieran a la oficina móvil con el propósito de mostrar a la ciudadanía la alta operatividad del dispositivo informativo del Transantiago y la prestancia de sus operarios. Todo, por supuesto, dirigido fundamentalmente a la televisión. La sola posibilidad de que eso ocurriera le provocó una intensa angustia. Así, sin más, la autoridad protagonizaría unos de los fiascos comunicacionales más grandes de los que se tuviera registro en el país. Ya veía la imagen. Tortázar se dirigiría a los periodistas y les diría. “Acompáñenme, quiero que la ciudadanía conozca de cerca las instalaciones que hemos dispuesto para que pueda informarse a fondo de las diversas posibilidades que ofrece el Transantiago y las mejoras que el gobierno va disponiendo para potenciar su desarrollo”. Acto seguido, el grupo cruzaría la calle. Tortázar llegaría a la entrada del furgón. “Buenos días, caballeros”, saludaría a los monitores. Los “caballeros” responderían aterrados y guardarían silencio. Entonces, el ministro les solicitaría que le informaran que opciones de recorridos tenía para llegar desde donde se encontraban a, por ejemplo, la Ciudad Empresarial. El triunfo era suyo. Los operarios buscarían con presteza lo requerido en la web de Transantiago Educa y entregarían su respuesta rápida y expeditamente. Todo el país lo vería. Así, en terreno y eficientemente, trabajaba el ministerio de Transportes. Había un pequeño problema: las gloriosas expectativas del personero se verían defraudadas brutalmente. Sería recibido en un vehículo sucio y a maltraer, en cuyo interior dos jóvenes con rostro de psicóticos con resaca le observarían con temor. Y lo más lindo aún estaba por venir. La información se demoraría al menos un minuto en estar en su poder, ya que la conexión de uno de los notrebooks no funcionaba y la del otro era de una lentitud exasperante. Si, además, al ministro se le ocurría solicitar una impresión de los datos, nuevo fiasco: la impresora carecía de tinta. ¿Quería un mapa zonal de los recorridos? “Ministro, de verdad lo sentimos: no nos queda absolutamente ninguno…”. ¿Folletería de las últimas modificaciones de recorridos? “También le pedimos excusas: nunca nos llegaron. Tal vez podríamos escribir un correo al ministerio y pedir que nos manden”. ¿Tal vez una revisión de la cantidad de dinero cargada en la tarjeta Bip! de uno de los amigos periodistas aquí presentes? “Con todo gusto lo haríamos ministro, pero la página web www.tutarjetabip.cl se cae a menudo y a lo mejor eso podría suceder ahora, aunque, si quiere, podemos hacer el intento...”. No: aquello no debía suceder. No podía suceder.

Afortunadamente, ninguno de sus temores se confirmó. Casi 10 minutos despues de llegar, el ministro y su gente abordaron sus vehículos y emprendieron pronta retirada. Lo mismo hicieron los reporteros, fotógrafos y camarógrafos. La calle volvía a su desenvolvimiento normal, sin personalidades ni miembros del Cuarto Poder. La gente normal y corriente volvía a deambular con sus esperanzas y preocupaciones, ajena a la grandeza y las expectativas irrealizables o ilusas.

En la oficina móvil las cosas también retomaban su regularidad: Ariel a sus páginas web de chicas ligeras de ropa, Carlos a buscar oportunidades laborales y Pedro a dormir una siesta.

Todo, muy deficiente y mediocre, por cierto. Una lástima que el ministro no se hubiese enterado..."

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